El escándalo se desató por una publicación
de prensa. Los servicios de seguridad en Estados Unidos compran información
a empresas que comercian con datos particulares. La venta alcanzó
los 18 millones de registros que incluyen información como nombre,
fecha y lugar de nacimiento, nombres de los padres, antecedentes en
algunos casos y así la historia crediticia de las personas.
Y resulta que una de las innovadoras empresas que
lucran con datos privados es orgullosamente guatemalteca. Nada más
elocuente para ilustrar esa enorme vocación de espionaje y control
que ha caracterizado a las autoridades de este país.
Los empresarios, creativos como son, tienen su
página de Internet y le ofrecen por un costo de entre 40 y 100
dólares, un número determinado de consultas en las cuales
usted puede saber nombres, direcciones, teléfonos usados por
una persona o relacionados con el teléfono que ésta utiliza.
También puede saber su historia crediticia
y comercial, conocer los nombres de sus familiares, así como
los lugares en los cuales ha trabajado. Igualmente puede averiguar la
cobertura que esta persona tiene en la prensa. En fin, en esta vorágine
de comercialización, si usted paga, puede volverse espía
hasta de su mamá. Eso sí, usted tampoco está libre
de que otras personas que también tengan la plata, le espíen
a usted y le averigüen hasta la talla de ropa interior.
Eso sí, ni se le ocurra reclamar que le
rectifiquen datos. Aunque la empresa esté equivocada en una información
(con lo cual vende datos falsos), si hay error, el corregirlo le cuesta
a usted, no a ellos, los inocentes empresarios que se dejaron embaucar
por quien les facilitó los datos erróneos.
Y este, es ni más ni menos, el origen del
asunto. Para que exista una empresa que comercializa datos personales
(información proporcionada por terceros con carácter de
confidencia), tiene que haber un ente público que la ha recogido
y vendido. Como se ve, por lo menos la Municipalidad capitalina ya confesó
haber lucrado con los datos del Registro. Sin embargo, la información
comercializada sin autorización de las personas cuyos datos son
vendidos, no es sólo la del Registro Civil.
Hay otros datos que provienen de distintas fuentes
del Estado. ¿Recuerda cuando la Secretaría de Análisis
Estratégico SAE- presentó un archivo encontrado
en sus computadoras? Según los técnicos de la SAE, el
archivo se habría generado en 1995, a partir de una base de datos
construida mucho tiempo antes y con información de más
de 650 mil personas.
Curiosamente, la empresa que negocia con la privacidad
también se fundó en 1995 y presta, entre otros, el servicio
de información sobre cobertura de prensa de las personas. Un
dato que, según la SAE, también era manejado por los archivos
que encontró.
Hasta ahora son varias las autoridades obligadas
a responder por esta anomalía, pues la Constitución establece
el derecho a la privacidad en los datos particulares proporcionados
con carácter de confidencialidad. Carácter este con que
la información personal es entregada al Estado, el cual tiene
la gorda obligación de protegerla y evitar su uso con fines aviesos,
como el lucro o la persecución política.
El Ministerio Público debe perseguir de
oficio los delitos en que incurre el que vende la información
en manos del Estado y el que comercializa esos datos sin autorización
de la persona afectada.
Los contratos mediante los cuales esta información
ha sido puesta en venta deben ser expuestos públicamente para
deducir responsabilidades a quienes han violado la privacidad de las
personas. Estas bases de datos no son instrumentos periodísticos,
sino mecanismos de control y lucro ilegítimo de información
personal privada.