Semanario de Prensa Libre • No. 39 • 03 de Abril de 2005    


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Ramón Aldana Borges:
“Me gusta ser acomedido”

Fue vendedor, taxista, cadete de marina, policía privado (con todo y escopeta), bodeguero y peón de carga. Hoy, Ramón Aldana es analista de datos en el campus corporativo de Microsoft, en Seattle, Estados Unidos.

Texto y fotos: Gustavo Adolfo Montenegro

Ya sólo faltaba un mes para que el cadete Aldana Borges se convirtiera en oficial de marina, pero por discrepancias (y una discusión) con cierto capitán fue arrestado durante un mes. “Estuve castigado mientras mi promoción se graduaba. Después me expulsaron”, cuenta Ramón, nacido en Puerto Barrios, en 1970. Tuvo que comenzar lo que sería un largo camino que lo llevaría hasta Seattle, Estados Unidos, en donde actualmente crea bases de datos y revisa el rendimiento de programas informáticos que aún están en investigación. “Disfruto mi trabajo porque hago lo que más me gusta”, dice. Sonriente, responde que sí, al preguntarle si ha pensado que aquel oficial que lo expulsó, más bien le hizo un gran favor en la vida.

“Quiero que más niños de Puerto Barrios aprendan a usar la tecnología, para que tengan mejores oportunidades”.

En pocas palabras, ¿cuál es su trabajo aquí?

Detrás de todas las investigaciones y creación de nuevo software hay bases de datos, para almacenar, intercambiar y comparar información. Nosotros desarrollamos esa base de datos y la hacemos manejable.

¿Cómo aprendió computación? ¿en la escuela militar?

No. Yo estudie un bachillerato en computación en Puerto Barrios. Empezaba esa carrera aunque mi papá quería que estudiara Perito Contador. Viera, casi todo un año pasamos sin computadoras en ese colegio: nunca las llevaban. Teníamos que escribir los programas en papel, en cuadernos y el profesor los revisaba así.

Quizá las mismas condiciones en que aprendió le hicieron esforzarse más…

Definitivamente sí. También aprendí matemática y lógica matemática. Porque al pensar en programación, aunque existen varios lenguajes, ayuda más tener la noción de que existe, digamos, un sustantivo, un verbo y ciertas palabras clave…

Claro que la informática ha evolucionado un poquito…

En Microsoft se usa lo más adelantado, pero en nuestro departamento tenemos acceso a programas que aún están en prueba, justamente para eso: para evaluarlos. Empezamos a usarlos y cuando ya los usa la mayoría de la gente en Microsoft, nosotros ya somos expertos en esos nuevos programas, aunque aún no hayan salido al mercado.

¿Hace cuánto salió de Guatemala a Estados Unidos?

Ya hace 20 años. Pero primero estuve en México. La verdad es que no pensaba llegar a Estados Unidos. Fue poco a poco que llegué.

¿Cuánto estuvo en la Escuela Politécnica?

Entré a los 18 años. Pasé tres años dentro. Creo que lo único que me sirvió de allí fue el tener determinación, porque estudios uhmm…

Y cuando lo expulsaron, ¿se desanimó?

Es que ése era entonces mi futuro. Fue una impresión rara, porque iba a empezar de cero otra vez. Ese día que me fuí, salí de la escuela por un camino largo que luego se partía en dos. Allí tiré una moneda para ver si me iba para la capital o para Quiché…

¿Y para dónde fue?

A la capital. Trabajé como (agente de) seguridad en la compañía El Ébano. Íbamos a cerrar bancos a Amatitlán y negocios en la 18 calle. Llegábamos a recoger efectivo; yo me iba en la moto, pero fíjese que me di cuenta de que su sistema de computación estaba desconectado del teléfono. En las noches empecé a conectarlos, con lo poco que sabía, para coordinar las llamadas y las órdenes que se daban. Al poco tiempo, me quitaron de patrullar y me pusieron en la central de comunicaciones…

¿Y andaba usted con su escopeta 12 y todo?

A donde sonara una alarma allí íbamos. Pero ¿sabe qué? No había nada de preparación, nada. Casi te decían: si oye ruido, dispare. Gracias a Dios nunca me tocó ningún incidente. En eso, un mi primo de Huehuetenango me dijo “¿qué haces aquí de policía? Vamos para Huehue”. Allá seguí trabajando, íbamos los dos a vender pollos hasta Chiapas y allí fui haciendo amigos…

Y así fue como llegó a México.

Pues ya en Chiapas ayudaba a transportar material de construcción: arena, piedrín, cemento. Primero, como ayudante, pero después vi que había un camión que no usaban y ya lo manejé. Hice eso porque me gusta ser acomedido y no me gusta sentarme y esperar que venga lo que me gusta. En Chiapas conocí a una familia, me hice amigo de ellos y me llevaron al Distrito Federal. “Vente”, me dijeron. Ellos tenían, tienen todavía, una flotilla de taxis. Me explicaron por donde ir y dar la vuelta. Me dieron una ruta pequeña, fácil. Después pasé a una tienda de cosas para construcción y plomería: tubos, pegamentos, inodoros, que la habían cerrado porque nadie la quería trabajar. Iba a destapar baños a las casas o a instalar un boiler (calentador). Me ayudó lo que aprendí cuando tenía 15 años y estudié refrigeración en el Intecap, en Puerto Barrios.

Y a todo esto, ¿dónde estaba su familia?

Yo tenía 16 cuando mi mamá murió de cáncer, y 18 cuando papá murió. A él lo mató el puro trago. Mi pobre mamá nos había sostenido. Yo tenía cuatro hermanos, dos ya murieron, hay una hermana en Guatemala y otra está en Los Ángeles. Pero todo se lo debemos a mi mamá: ella vendió tortillas desde que yo tengo memoria…

Volviendo a México ¿cuándo siguió al norte?

En el Distrito se complicaron las cosas. Tenía 20 años, me hice de una novia y otros amigos. Hubo problemillas, salíamos a tomar. Por ese tiempo llegaron amigos de Nogales. Ellos me dijeron “¿quieres irte pal’otro lado? Nosotros te ayudamos”. Les dije que me iba a Nogales, pero no a Estados Unidos.

¿Y en qué trabajó allí?

Cuidaba una tienda de esos juegos electrónicos.

¿Y no se ponía a reparar las maquinitas?

Pues no me dejaban. Llegaban los técnicos a componerlas. Pero viene el mismo amigo que me había dado trabajo en Chiapas, me habló, me contó que estaba en Estados Unidos, y total, me decidí…

¿Y cruzó el desierto o cómo hizo para pasar la frontera?

Pues hay tantas historias que cuentan, pero yo me recuerdo que la cruzamos frente a bastante gente y después, ya del lado de San Diego, tomamos un bus de la Greyhound y de ahí hasta Portland, Oregon. No dominaba el inglés y empecé a trabajar, como muchos acá, en un McDonald’s; después estuve en bodegas, también hice trabajitos variados como pintar o reparar cañerías…

¿Y cómo llegó a Microsoft?

Bueno, la noción que uno tiene es que en Microsoft todos son genios y yo no me considero uno. Ciertamente, la mayoría son personas bastante preparadas, de manera que la organización se agranda, pero el primer contacto fue por medio de un contratista. Es decir, alguien que revisaba y clasificaba las bases de datos para ellos. Un señor tenía una pequeña empresa de computación, yo trabajé allí y me tocó uno de esos contratos con Microsoft. Claro, que yo seguía buscando un mejor trabajo…

¿Y cómo fue que lo llamaron?

Pues mandé mi currículum a un montón de lugares, no sólo de computadoras, sino de contabilidad, de mecánica… En ese entonces, el sueldo mínimo estaba a US$5.25 la hora. Era lo que me pagaban. Un día me llamaron de la agencia de empleos: “Señor Aldana”, me dijo la señorita, “tenemos una oferta para trabajo en computación, pero no paga muy bien y espero que no se ofenda, pues pagan sólo US$20 la hora…”.

¿Y usted qué dijo?

“Permítame un segundo, seño”, le dije. Dejé el teléfono y me fui a otro cuarto a brincar de contento. Regresé y le dije, todavía haciéndome algo el importante, bueno, la verdad no me convence mucho, pero, en fin, trabajar es lo que quiero. Y tras un proceso de selección de personal entré a Microsoft. Claro, ya para entonces había sacado un titulo de Programación, en el Community Collage. También clases de administración…

¿Cuál es ahora su sueño?

Mi sueño ya lo estoy cumpliendo. Ya regresé a Puerto Barrios con la intención de fundar allá un centro de aprendizaje de computación, con el apoyo de Microsoft. Existe ya una directiva de una ONG que va a manejar esta escuela, para que los niños y los jóvenes de mi pueblo tengan una oportunidad de triunfar… También aquí en Seattle participo en varias organizaciones de caridad y ayuda a los inmigrantes hispanos.

¿Preferiría ser hoy un oficial del Ejército de Guatemala?

No.

 
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