Semanario de Prensa Libre • No. 55 • 24 de Julio de 2005    


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Deutschland en la Verapaz
Aún puede notarse la huella de la cultura, infraestructura y costumbres que introdujeron en Alta Verapaz los inmigrantes alemanes que llegaron a esta región en el siglo XIX.

Por: Julieta Sandoval
Foto: Fototeca Guatemala, Cirma

Una foto de su abuelo y el apellido son los últimos recuerdos que guarda Óscar Archila Euler, descendiente de Luis Euler, un alemán que llegó a Alta Verapaz en el siglo XIX.

“Mi abuelo se fue de Guatemala porque enfermó y era costumbre regresar a Alemania, pero al llegar a Quiriguá, Izabal, se contagió de peste amarilla y murió. Fue enterrado en una fosa común”, cuenta Óscar. En Guatemala dejó a su esposa, Natividad Paau, de ascendencia q’eqchi’, y a su hija Magdalena.

Los inmigrantes llegaron a construir la línea de ferrocarril llamada de la Verapaz.

Años después, el nieto sólo conserva dos fotografías: la de su madre y la de su abuelo. Curiosamente, a este último se la tomaron, en el velorio de otro alemán. “Los alemanes (de Cobán de aquella época) no tenían una fotografía en donde estuvieran todos reunidos, y aprovecharon el momento del velatorio para hacer la imagen. En el retrato no falta ninguno. Está hasta el muerto, a quien sentaron junto a los demás”, explica Óscar, quien tiene algunos rasgos notablemente europeos.

Del mismo tronco familiar desciende el actual gobernador departamental de Alta Verapaz, Carlos Euler Pacay, quien también recuerda a su abuelo Luis Euler, quien, al igual que muchos otros de sus compatriotas formó una familia con una mujer q’eqchi’ y su descendencia representó el mestizaje entre ambas nacionalidades, aunque algunos alemanes trajeron a sus esposas desde su país de origen.

Euler fue uno de los inmigrantes que formaron su pequeña Deutschland, en Alta Verapaz. Llegaron en busca de oportunidades y tierras fértiles, aptas para el cultivo del cafeto. Por supuesto, con el crecimiento de la colonia en las Verapaces requirieron de una gama de servicios; llegaron a tener club, colegio, cementerio y hasta un ferrocarril alemán.

Actualmente, al caminar por Cobán o recorrer alguna finca cafetalera de los alrededores, se pueden observar todavía los vestigios de ese pasado.

Los otros colonizadores

La inmigración alemana empezó con Rodolfo Dieseldorff, en 1863. A él le siguieron muchos más, señala el libro Almas Gemelas, de Ricardo Terga Cintrón.

El deseo de vivir en el país lo fomentó el gobierno liberal de Justo Rufino Barrios (1873-1885), quien invitaba a los extranjeros para que vinieran a vivir a Guatemala. Sin embargo, había preferencia por los alemanes, y éstos aceptaron, motivados por la tierra fértil apta para el cultivo del café.

Regina Wagner, en su libro Los alemanes en Guatemala, 1828-1944, señala que lo que atrajo a los alemanes a la Verapaz fue su “natural aislamiento, su clima templado y su suelo fértil, y las posibilidades de desarrollo agrícola y comercial”. Les fue bien, porque a finales de 1890, dos terceras partes de la producción cafetalera de ese departamento estaban en manos de alemanes.

Julio Castellanos Cambranes, autor de ¿Pioneros del desarrollo?, considera que la verdadera fuerza de atracción que Alta Verapaz ejerció sobre los alemanes fue la posibilidad de rápido enriquecimiento, dadas las facilidades otorgadas por el Gobierno, en comparación con las dadas a los propios guatemaltecos.

La Ley de Inmigración, de 1879, les facilitó las cosas, ya que fue un intento para regular y definir los derechos de los extranjeros en Guatemala. La norma prometía concesiones y un título gratis de tierras baldías, que según Castellanos “fueron las propiedades expropiadas a los indígenas”.

La región no sería nunca más la misma después de la llegada de los germanos. Wagner describe así la situación: “Es incuestionable el desarrollo agrícola, comercial y de infraestructura de la Alta Verapaz, que se convirtió en un pequeño bastión del grupo cultural alemán en ambiente semitropical. Se debió al impulso económico recibido por esta inmigración que llegó a fines del siglo XIX y principios del XX, cuya iniciativa privada, inversión, espíritu empresarial, energía y trabajo, pero también las oportunidades de desarrollo y el amor que llegaron a sentir por sus tierras y empresas, hicieron de Cobán y la Alta Verapaz su segunda patria”.

Castellanos señala que los alemanes ejercieron “poder y opresión” sobre la población del lugar para poder enriquecerse. De hecho, algunos de ellos, como Erwin Dieseldorff no tenían muy buena opinión de los lugareños, fuesen ladinos o indígenas.

Esto le escribió a su madre, en una de las cartas recopiladas por Regina Wagner y publicada en la Revista Anales 2002, de la Academia de Geografía e Historia: “Debo hacer la observación que las mezclas de negros, en particular, son a veces gente más leal y simpática, mientras que las de indígena con ladino por lo general son alevosas, malcriadas y falsas, o como los indígenas, muy tontos”.

Esto no podría generalizarse totalmente pues otro alemán, Franz Sarg, en un diario de 1868, describía a los lugareños como: “sencillos, buenos, limpios y muy honrados, en tanto no se les acercara la tentación en forma de aguardiente.”

Los nuevos propietarios

Los primeros colonos alemanes eran jóvenes que traían recursos propios, apoyo económico de familiares o garantías crediticias de firmas comerciales de su país para iniciar empresas agrícolas o comerciales, además de facilidades que incluían el transporte de sus productos agrícolas por medio de líneas navieras hasta el comprador en Alemania, según el libro Almas Gemelas.

Varios alemanes empezaron a tener fincas de café después de trabajar con otros de sus conciudadanos. Algunos llegaron a tener varias fincas y en cada una laboraban hasta 300 trabajadores.

En Cobán, los alemanes llegaron a monopolizar el comercio de tiendas por mayor, pero también lo hicieron, y en mayor grado, en sus fincas, dispersas en casi toda la región de Alta Verapaz: pagaban a los trabajadores con monedas acuñadas por cada propietario, cuenta Francisco Archila. Con dichas monedas sólo podían comprar en la despensa de la finca, con lo cual el patrono obtenía una segura ganancia extra.

“Cada finca era un feudo, pues tenía su propia moneda”, dice Archila mientras muestra una colección con tres denominaciones: media, una y dos tareas.

Desde una óptica positiva, puede mencionarse que los alemanes siempre buscaron mejorar la calidad y producción del café, debido a lo cual hicieron experimentos en horticultura e innovaciones en técnicas de cultivo; además traían desde Alemania a personas especializadas en jardinería o agricultura. James Frederick Sarg, por ejemplo, inventó una máquina despulpadora de café que tuvo gran éxito.

Asimismo, los alemanes crearon con sus empresas una infraestructura económica que obligó a mejorar el transporte. Ampliaron o extendieron caminos y carreteras, introdujeron un sistema de trenes de carretas de mulas para el transporte de productos y de personal entre las fincas, contrataron una línea de barcos de vapor para proveer servicio marítimo entre los puertos fluviales, como Panzós y Livingston; también un servicio de barco trasatlántico entre Livingston y los puertos de Europa.

Llegaron a construir la línea de ferrocarril llamada de la Verapaz, entre Panzós y Pancajché, pero ahí terminó porque se acabó el dinero para continuar. La meta era Tucurú, pero aquel tren nunca llegó y, de hecho, actualmente no queda nada, pues la maquinaria y rieles desaparecieron con el pasar de los años y el auge de los camiones automotores.

Castellanos, por su parte, los llama “neocolonialistas”, por ser grandes terratenientes con una fuerza laboral barata y permanente: los k’ekchi’s, cuyo idioma aprendieron para facilitar la comunicación.

Las leyes
Aunque los emigrantes alemanes recibieron beneficios del Gobierno a fines del siglo XIX, éstos les fueron quitados años más tarde, sobre todo durante los años de la II Guerra Mundial.

El 22 de octubre de 1943 se dio la expropiación forzosa del Ferrocarril Verapaz y agencias del Norte Limitada, con todos sus bienes muebles e inmuebles, líneas, vehículos, instalaciones y depósitos. La causa: necesidad y utilidad pública.

Con base en el catastro levantado en 1943 para tener un control más exacto de las fincas de café del país, que facilitaría las medidas confiscatorias contra los alemanes, el Gobierno emitió el decreto No. 3115, el 22 de junio de 1944, que estipulaba la “expropiación y nacionalización” de todas las fincas de café de los alemanes, bonos, acciones y participaciones que tuvieran en algunas de las fincas expropiadas.

Ciertamente, Archila no duda en afirmar que la maquinaria que aún existe en algunas fincas, ubicadas en lugares alejados y sin caminos, fue llevada en hombros por los indígenas. Aunque hay referencias de afrocaribeños en la región, se dice que a éstos los tenían para amedrentar a los pobladores de la región y evitar los robos de productos.

También hubo germanos que se enclaustraban en sus fincas por largos periodos, tal el caso de Samuel Hoenes, quien vivió en Inupal, Cobán, por más de 14 años sin salir, señala Almas Gemelas.

La salida obligada

Al producirse las dos guerras mundiales, todos los alemanes de origen fueron obligados a abandonar sus propiedades. Otto Mittelstaedt, uno de los primeros que llegaron a Alta Verapaz, tuvo que dejar el país durante la Primera Guerra Mundial. “Se lo llevaron a México, pero pudo regresar”, cuenta Emilia, la nieta.

Sin embargo, con la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) empezó el fin de esta colonia europea: Estados Unidos pidió la salida de todos los alemanes de Guatemala. Pese a que el presidente Jorge Ubico era simpatizante de la Alemania nazi, no pudo resistir a las presiones estadounidenses, por lo que se dio la intervención y expropiación de los bienes, así como la repatriación de éstos ciudadanos.

Muchos fueron llevados a campos de guerra. Hans Droege cuenta que a su papá, Hugo Droege, lo trasladaron a Texas, Estados Unidos, para después intercambiarlo como prisionero de guerra pese a que era civil. Miguel Yat Caal repara maquinaria alemana antigua en la finca Chimax, que fue propiedad de los Saper. Aún recuerda cómo fueron sacados los integrantes de esa familia germana que llevaron el segundo automóvil que hubo en Cobán.

“Una noche vinieron a capturarlos para llevarlos al presidio. Ante mí se fueron los alemanes, ellos no se llevaron nada, todo lo dejaron, y ya nunca más volvieron”, cuenta.

Yat era trabajador de la finca Chimax, una de las más grandes, ayudaba a un ingeniero alemán a reparar la maquinaria para procesar café. Hoy, a sus 78 años, dice que la disciplina, puntualidad y honradez que caracterizaban a los alemanes hacían producir las fincas de café. Después de la intervención fueron decayendo hasta que muchas dejaron de producir. Posteriormente, la mayoría de las propiedades pasó a ser trabajada por cooperativas. Al caminar hoy por las veredas de alguna finca, entre bosque y cafetales es posible imaginar aquella época de colonos a caballo y cargamentos de café a lomo de mula.

 

Los Dieseldorff
Una familia con historia

El apellido Dieseldorff dice mucho a los habitantes de Alta Verapaz, quienes además de tener varias fincas cafetaleras en la región, fueron los primeros alemanes que llegaron a dicho departamento. El libro Almas Gemelas señala a Enrique Rodolfo como el pionero. A él le siguieron cientos más en busca de mejores oportunidades.

Al finalizar su larga trayectoria por el mar, Dieseldorff eligió como destino Gualán, Zacapa. Allí experimentó con el cultivo de algodón, pero por plagas perdió las cosechas. Esto lo obligó a buscar otros rumbos e inició un nuevo proyecto en el comercio, lo que lo llevó a Alta Verapaz, en donde se radicó.

En 1934, el cónsul alemán invitó a todos los integrantes de la comunidad para recibir al embajador; los Dieseldorff no fueron invitados porque no estaban considerados como arios puros, ya que tenían sangre judía, relata el libro Almas Gemelas.

Los descendientes de esta familia aún conservan varias fincas en Alta Verapaz en donde todavía se cultiva café.

 

Vida en la colonia
Los alemanes formaron su propio mundo en Alta Verapaz

Los alemanes se organizaron en una comunidad muy unida y solidaria. Hacían sus actividades sociales en el Club Alemán o Deutsche Verein, en Cobán, fundado en 1888. Actualmente es la Sociedad de Beneficencia. En sus inicios, este grupo tenía sólo socios germanos.

El lugar fue remodelado y equipado para dar un ambiente agradable en donde los alemanes se sintieran como en su país, había una biblioteca con libros y revistas donados por quienes viajaban a Alemania.

Antes de 1933, el club estaba dedicado a actividades sociales, pero con el ascenso y triunfo del Movimiento Nacional Socialista o Nazi en Alemania, hubo un cambio en las actividades al empezar a celebrar las fechas patrias y culturales, en especial en la finca Chicoyogüito se hacía una fiesta nocturna en donde se quemaba una higuera, que revivía una unión germánica a la naturaleza y al fuego. Se formó un grupo local del Partido Nacional Socialista.

En 1938, cada domingo en Cobán, un grupo de jóvenes alemanes usando los tradicionales pantalones cortos, señala el libro Almas Gemelas, “marchaban en forma militar de la finca Magdalena hasta el Club, entonando cantos que exaltaban a Deutschland y su misión en el mundo”.

En ¿Pioneros del desarrollo? se señala que a mediados de la década de 1930 todos los alemanes que vivían en Guatemala eran nazis. No existió finca alemana en que la bandera nazi no ocupara un sitial de honor, ni finquero alemán que no participara en reuniones locales organizadas por los nazis.

Un incidente que afectó la existencia de la comunidad alemana verapacense fue cuando en 1935-1936, el Tercer Reich pidió votar a sus ciudadanos sobre la anexión de Austria a Alemania. Un barco ancló en Puerto Barrios para efectuar la actividad. Quienes asistieron fueron “fichados” como simpatizantes de Adolfo Hitler.

Educación alemana

Por el creciente número de niños alemanes verapacenses, se formó una escuela alemana para que la educación académica fuera más fiel al deutschum (alemanización). En 1935, Juan Schlatermund fue el encargado del comité para la fundación del Colegio Alemán o Dustsche Schule en Cobán. Para los niños que vivían en fincas lejanas se instaló en 1936 dormitorio y comedor. En el primer año hubo 12 estudiantes, el siguiente fueron 30. Julio Justin fue el primer director. El establecimiento educativo alcanzó a tener 60 estudiantes antes de que lo clausuraran en 1941.

Años después, algunas fincas tenían sus escuelas en donde estudiaban los hijos de los alemanes (patronos) con los hijos de los keqchíes (trabajadores). Hans Droege, descendiente alemán, estudió en la escuela de la finca La Contanza, después continuó sus estudios en el Colegio Alemán de la capital y siguió agronomía en una universidad alemana; al terminar volvió a Guatemala.

A los alemanes se les permitió la doble nacionalidad, los hijos de alemanes podían ser guatemaltecos por nacer y vivir acá sin perder el ser alemanes por sus padres. El historiador Francis Polo Sifontes cuenta que durante la Segunda Guerra Mundial muchos alemanes fueron llamados para prestar servicio militar en su país. Después de la guerra, alemanes quedaron prisioneros en los campos de concentración de Rusia, y algunos alegaban que eran guatemaltecos para evitar la prisión. Sin embargo, aunque habían nacido en Guatemala, no hablaban español.

 
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