Alemania dijo no pero también sí
Muchos alemanes tienen la visión
de que el gobierno de Bush es malo y que Alemania es una voz para la
razón y la moralidad.
Por
Richard Bernstein
Hace unos cuantos días, por breves momentos, la atención
de total Alemania se volcó sobre una de esas situaciones
extrañas que reflejan el estado de la conciencia colectiva.
Un tribunal de Frankfurt falló que debía prohibirse
la película basada en un incidente de canibalismo ocurrido
en Alemania en 2001. La razón, dijo el tribunal, fue que
el filme habría “invadido la privacidad personal” de
Armin Miewes, quien mató y se comió a un hombre quien
se ofreció para ese destino.
La decisión del tribunal de poner la privacidad de un caníbal confeso
por encima del derecho del público a ver una película puede ser
correcta o equivocada. Lo que de seguro reflejó en este país, cuyo
pasado nazi siempre está silenciosamente presente, es una de las características
más conspicuas de Alemania: un deseo intenso y perdurable de la autoridad
moral por hacer lo correcto.
Ese deseo parece estar también detrás del extraño escándalo
político que se ha estado desarrollando durante las últimas semanas,
generado por las revelaciones de que el gobierno alemán (que se opuso
a gritos a la invasión de Irak, liderada por los estadounidenses) estuvo
suministrando inteligencia en forma constante a Estados Unidos durante la guerra.
Los partidos de oposición exigen una investigación parlamentaria
exhaustiva aunque sólo tienen los votos suficientes para empujarla en
el Parlamento por encima de las estrenduosas objeciones del gobierno.
Entre los elementos que impulsan el escándalo, al menos así parece,
está el interés político de los partidos de oposición.
Sin embargo, la intensidad con la que se siente en la capital, Berlín,
parece inseparable de la preocupación de este país por la moral
en la política.
Alemania es un lugar donde, hace un par de años, el jefe de la policía
de una gran ciudad fue destituido porque amenazó con torturar al secuestrador
de un niño de nueve años si no revelaba dónde lo tenía.
Claro está que (y así fue reconocido ampliamente) que el jefe de
la policía actuaba en interés del niño, que por cierto ya
había sido asesinado. No obstante, el policía perdió su
empleo, no por torturar al secuestrador sino por amenazar con hacerlo.
Al parecer, una moral absolutista similar es lo que está detrás
del escándalo político. Sin embargo, un argumento sólido
que algunos aquí plantean es que lo que la ex-coalición izquierdista
hizo (oponerse públicamente a la invasión de Irak, pero ofrecer
ayuda en forma privada a Estados Unidos una vez que comenzó) no fue, después
de todo, el acto de la auténtica hipocresía que muchos alemanes
dicen que fue.
¿Realmente es tan impactante —dice el argumento— que un gobierno
alemán haya hecho con sigilo lo que pudo para ayudar a su aliado estadounidense,
mientras que al propio tiempo mantenía unida la alianza atlántica
e incluso proporcionaba alguna información militarmente útil que
puede ser que haya salvado algunas vidas estadounidenses? Sin duda que aun cuando
el gobierno hubiese actuado mal, había algunas buenas razones para lo
que hizo.
Sin embargo, la intensidad del sentimiento producido por este asunto
parece reflejar que el público alemán identifica tanto a la guerra iraquí con
una abominación moral que al parecer estos contrargumentos parecen avanzar
poco.
“Los alemanes tienen una visión mundial, y en este momento, una
parte principal de ella es que el gobierno de Bush es malo y que Alemania es
una voz para la razón y la moralidad”, dijo Gary Smith, director
de la Academia Estadounidense en Berlín y un observador de la escena alemana
durante 20 años.
“"La ironía es que los alemanas piensan de sí mismos
que son practicantes de la realpolitik (política exterior basada en intereses
prácticos)”, dijo Smith centrándose en el interés
propio práctico en lugar de la moralidad. “Y con todo, su actitud
en este caso está divorciada de la realidad. La realpolitik sin realidad”.
En el panorama, la visión del mundo se combina con un elemento histórico
que quizá no se aprecia bien fuera de Alemania, y es la importancia, en
especial en la izquierda del espectro político, de lo que se percibió ampliamente
aquí como el valiente “no” que el gobierno anterior dio a
Bush y a la invasión de Irak.
Hay un grado de pacifismo profundamente arraigado en este país, cuyo horror
colectivo por la guerra está conectado con los recuerdos lacerantes tanto
de la agresión como del sufrimiento alemanes en la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, el hecho de que los socialdemócratas hayan dicho no a la
guerra aun cuando cooperaban con ella, es para muchos alemanes un golpe especialmente
salvaje. Los priva de una de las piedras angulares de su identidad política,
y no ofrece nada para sustituirla.
“Lo que más distinguió siempre al Partido Socialdemócrata
bajo todos sus líderes, desde Willy Brandt hasta Schroeder, fue que era
el partido de la paz”, dijo Wolfgang Nowak, director del Foro Internacional
del Deutsche Bank y ex asesor del anterior canciller Gerhard Schroeder.
Cuando cancillere, Brandt ganó el Premio Nobel de la Paz por fraguar el
acercamiento de Alemania occidental con Europa del este, y Schroeder hizo campaña
contra la guerra de Irak. “Era mandato divino que los socialdemócratas
mantendrían a Alemania fuera de la guerra”, dijo Nowak. “Esa
es la razón por la que muchas personas votaron por Schroeder en las elecciones
de 2005, aun cuando no estaban de acuerdo con su política económica,
porque él fue quien encaró a los estadounidenses y dijo: '¡No
a la guerra!".
“Y ahora parece que ese mismo gobierno le dio a los estadounidenses todo
lo que pidieron y sólo negaron las cosas que no pidieron”, continuó Nowak. “La
identidad de los socialdemócratas como partido de la paz ahora está amenazada". |