Semanario de Prensa Libre • No. 218 • 07 de septiembre de 2008

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D fondo

Condenados sin culpa
Muchos niños y jóvenes esperan en casa a su madre, quien cumple sentencia en prisión.


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Leslie Figueroa abraza a su hijo Pablo Ángel.

por ROBERTO VILLALOBOS
FOTOS: AARÓN GANZ Y CARLOS SEBASTIAN

El amor de una madre es infinito, sin lugar a dudas. Sin ese profundo lazo afectivo, el ser humano se paraliza, siente una agonía desgarradora. Durante los primeros años de vida, compartir con ellas se hace indispensable para el adecuado desarrollo del niño, pues el solo hecho de recibir el alimento de sus senos crea un enorme apego, además de que ellas nos hacen sentir protegidos y acompañados en este mundo. La pérdida de una madre desalienta el paso, y se convierte en un trauma complejo cuando ella ingresa a una prisión.

Estas son las historias de algunas familias que viven una terrible situación: la progenitora que cometió un delito, y que cumple una condena en la cárcel; de los hijos que deben resistir la soledad, por el encierro de quien los trajo al mundo, y del inevitable sufrimiento por la separación.

Diferentes experiencias

“La sociedad funciona con base en paradigmas; por eso, la mamá que hace algo malo es considerada como lo contrario al concepto que se tiene de ella”, dice la psicóloga Karla Mo- FONDO Condenad o sin culp llinedo, del Instituto de Ciencias de la Familia. En el sistema penitenciario de Guatemala hay cientos de mujeres que purgan penas por los delitos de estafa, extorsión, asesinato, tráfico de drogas o secuestro, entre otros, muchas de ellas tienen hijos; es todo lo opuesto a la imagen de ternura y delicadeza de una madre. No obstante, la experta indica que a estas reclusas no se les debe considerar como dañinas para sus hijos. De hecho, cuando se ingresa a las prisiones para mujeres, ubicadas en los alrededores del centro de la ciudad —Santa Teresa en la zona 18 y el Centro de Orientación Femenina (COF) en Fraijanes—, las internas muestran una faceta totalmente diferente a lo que cualquiera pudiera pensar: la mayoría es amistosa y cariñosa; además, cada una revela su completa entrega hacia sus hijos. Claro, siempre existen las excepciones. Aura Leticia Hernández, una de las reas, expresa: “Aquí (en el COF) somos nueve internas que tenemos hijos, y ninguna los trata mal; más bien, los cuidamos mucho”.

En ese lugar, los hijos de las presas cuentan con un área apartada —el maternal—, a donde asisten de lunes a viernes de 8 a 16.30 horas. Ahí tienen la asistencia de dos “madres cuidadoras”, cuya función es velar por el bienestar de los niños, y enseñarles cosas básicas: colores, vocales o números. María Hernández, una de ellas, trabaja ahí desde hace dos años. “Aquí nosotras les preparamos la comida —que la brinda la Secretaría de Obras Sociales de la Esposa del Presidente (Sosep)— y nos encargamos de organizarles diversas actividades, para que estén e n t re te n i d o s ”, comenta.

Las actuales leyes penitenciarias solo permiten que los niños permanezcan dentro de las cárceles hasta los cuatro años de edad; una buena medida, si se toma en cuenta que de pasar más tiempo ahí, podría ser nocivo para ellos. Luego de esa edad, el niño debe vivir con su familia; si en caso no la tuviera, el Estado se debe hacer cargo de él.

Ese es el caso de Elsa Yolanda López, de 47 años. Ella cuenta que no tiene familiares, por lo que su hijo, Wilson Darío (10), vive en un orfanato. “Me quitaron a mi hijo el año pasado; antes me lo traían una vez al mes, pero ya hace ocho meses que no lo traen. No sé nada de él ni a dónde recurrir. Soy diabética y solo enferma me mantengo. Está al resguardo de un casa-cuna del Estado, y tengo miedo de que lo den en adopción sin mi consentimiento”, dice al tiempo que llora por la desesperación. Beatriz Lemus, directora del COF, expresa que el menor se encuentra en una casa-cuna en la carretera a la Antigua Guatemala. Jorge Mario Castillo, defensor del Debido Proceso y del Recluso, de la Procuraduría de los Derechos Humanos (PDH), opina que esos lugares son de acceso difícil porque ahí se manejan cuestiones “o s c u ra s ”. “Hasta nosotros (la PDH) tenemos problemas para ingresar y ver cómo se vive en las guarderías del Estado; todo se maneja en secreto; no dan información ni por teléfono”, cuenta. “Efectivamente, sí hay peligro en que un niño se dé en adopción i l e ga l ”, agrega Castillo.

Ese es un caso especial, pues la vida en ese centro penitenciario transcurre con total tranquilidad, excepto por las madres que no viven ahí con sus hijos y que, por lo tanto, se sumergen en la angustia. Lo cierto es que muchas reclusas consultadas coinciden en que ese centro no es apto para los menores. “Los niños que están aquí crecen y desarrollan lo que ven o escuchan de los grandes, a ellos todo se les queda;hay que tomar en cuenta que quienes estamos aquí no es porque seamos monjas”, dice la reclusa Sonia Ruiz, de 34 años y con una hija de 2 años y medio.

El ambiente puede volverse dañino, pues ha habido casos en que los niños llegan corriendo con sus mamás para avisarles que han visto a dos señoras besándose. Algunas autoridades del COF niegan los casos de lesbianismo, pero son varias las reclusas que confirman los hechos. Incluso, la PDH asegura no tener reportes actuales de este tipo de actos. “Mamita, fijate que vi que se estaban besando; pero las dos tienen chiches, y eso no se hace, ¿verdad?”, se sorprendió una vez una de las reclusas al escuchar a su hijo.

El sistema penitenciario para mujeres cuenta con una psicóloga interina, encargada de velar por la salud mental de las madres y de los niños. “Ser privado de la libertad trae diversas consecuencias psicológicas, pero aquí nos encargamos de cuidar por su bienestar”, expone la psicóloga Karla Meza, graduada en la Universidad de San Carlos de Guatemala.

“En la actualidad se implementa el programa de estimulación temprana, que fortalece las áreas personal, social, hábitos de higiene y motricidad fina y gruesa”, expone Meza. Otro de los beneficios es que los menores tienen atención médica constante, así como las presidiarias embarazadas. A las reclusas también se les dan pláticas de salud reproductiva; no obstante, algunas dan a luz en ese centro, pues no se cuidan cuando reciben visitas conyugales. De hecho, en la actualidad hay una señora hondureña con varios meses de embarazo. Además, hay una bebé de cuatro meses de edad que vive en el COF, hija de Consuelo Román, quien espera recobrar su libertad en los próximos días. Asimismo, en el Centro Preventivo Santa Teresa está Angélica Pacheco, quien vive en un área aparte —junto a otras madres— con su hija Esperanza, de dos meses.

A pesar de la privación de la libertad, el COF no tiene un concepto carcelario; más bien, es hogareño. Ahí los niños se sienten relativamente libres, además de poder disfrutar de la compañía de sus madres. “La edad actual que dicta la ley es adecuada; ese vínculo maternal siempre es necesario”, asegura Castillo.

La separación

Algunos meses antes de que los niños cumplan los 4 años de edad, se empiezan los trámites para buscar a familiares que quieran quedarse a cargo de ellos. La ayuda psicológica es intensa. “A los niños se les prepara, mediante el juego, para que se separen de sus madres”, refiere Meza.

Este es uno de los pasos más duros, pues la progenitora, por lo general, se deprime y angustia. “Ambos (madre e hijo) deben superar el duelo; la mamá debe ser fuerte y debe motivar a su hijo”, sugiere Mollinedo.

Luego de la dolorosa separación, la ayuda psicológica debe fortalecerse en ambos casos, pero en especial para la mamá, que se queda en la prisión. “El hijo tiene la ventaja de quedarse con un familiar, no así la m ad re”, expresa la especialista.

En caso de que la ayuda profesional no se pueda dar —por falta de recursos económicos, por ejempl o —, la ayuda de una iglesia se vuelve vital, pues dan un excelente soporte moral.

Asimismo, la comprensión y ayuda de los maestros en la institución educativa deben ser fuertes, pues los niños podrían ser víctimas de bullying (acoso de los demás compañeros). Algunos podrían apartar del grupo de amigos al hijo de una reclusa por esa causa, y de esa forma, hacerlo sentirse solo, e incluso insultado. Si alguna vez preguntan sus compañeros de clase sobre la situación de su madre, el niño debería limitarse a contestar que eso es algo que no se quiere discutir con ellos. Claro, es una respuesta muy madura para el caso de un niño, pero también hay que saber que los golpes de la vida los hace madurar.

Mientras se mantengan separados, se debe mantener la comunicación, ya sea por medio de cartas, llamadas telefónicas o con las visitas constantes; eso fortalecerá el lazo afectivo que los une. “Siempre hay que mantener el anhelo de encontrarse, de no olvidarse el uno del o t ro”, apunta Mollinedo.

Asimismo, es falso que el hijo de una reclusa llegue a dar malos pasos. “El que los niños vengan de hogares desintegrados o que hayan vivido situaciones de violencia, no quiere decir que vayan a ser delincuentes. Hay muchos que hacen grandes cosas en su vida”, refiere la espec i a l i s ta .

Reencuentro

Según Mollinedo, con el pasar del tiempo el niño experimentará una serie de emociones contradictorias, como si la mamá lo hubiese abandonado. Quizás se pregunte: “Mamá, ¿por qué me dejaste solo?”, o bien, llegue a pensar en que “si no hubieras hecho tal cosa, no me hubiera quedado sin ti ni hubiera pasado por estas ve rg ü e n za s ”. Esto es natural, y no se trata de ningún reproche. Lo importante es que la madre hable claro, con la verdad. No conviene esconder las cosas ni cambiar el discurso. “El perdón es muy importante en estas situaciones; los hijos deben comprender que todos cometen errores”, asevera Mollinedo. “La mamá, al estar encerrada, cumple por sus ilícitos, pero su martirio no debe seguir más al estar fuera de la prisión”, comenta.

Además, hay que comprender que la situación familiar nunca será la misma de antes; es una nueva vida. Se debe caminar siempre adelante, y no quedarse con el pasado. El niño debe quedarse con sus actividades normales, como asistir al colegio, salir con sus amigos y practicar algún deporte, por ejemplo. Con eso, la mamá estará tranquila y orgullosa de su niño.

Por último, la sociedad también debe aceptar la reinserción de las reas. “Los centros de prisión son de rehabilitación; hay que ser benevolentes con ellas”, puntualiza Mollinedo.

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Niño se apoya en pasamanos de unas gradas en el preventivo Santa Teresa, en la zona 18, lugar donde vive junto a su madre.

Un caso admirable

Marta, quien prefirió no publicar su verdadero nombre, es una de las reclusas más trabajadoras y respetuosas del COF, según Flory del Cid, subdirectora de esa institución.

Su historia es particular. Hace más de una década, una de las internas quedó embarazada; ella quería abortar. Sin embargo, Marta la convenció de que no lo hiciera, por lo que unos meses más tarde nació Armando (nombre ficticio). El amor de Marta por el niño llegó a tanto que lo adoptó, con el consentimiento de su madre biológica (quien salió de prisión y formó otra familia). Armando vivió por 10 años en el COF, cuando aún era permitido que estuvieran niños de más edad —la ley se modificó en el 2006—. “La separación fue muy difícil, pero ambos recibimos ayuda psicológica”, cuenta Marta.

Antes de irse, Armando hacía dibujos en los que plasmaba sus deseos. “Vamos a hacer una familia con mi madre; vamos a hacer una casona, con muchas flores”, era lo que el pequeño le decía a su mamá.

Asimismo, Marta procura darle a su hijo la educación necesaria. “Yo le he explicado la razón por la que estoy aquí, pero el hecho de que estemos en prisión no quiere decir que él salga con malas costumbres”, dice. “Yo le digo que tiene que tener buenos principios”.

Marta, además, tiene otros tres hijos; los más grandes trabajan en EE. UU. y su hija es quien está a cargo de Armando. Ahora viven en Agua Tibia, Jalapa. “Extraño a mi mamá; que me hable o que me diga buenas noches”, expresa el chico por la vía telefónica.

En la actualidad, Armando cursa el quinto año de primaria; dice gustarle mucha el fútbol, la natación y la matemática. “Quiere ser ingeniero, ¡imagínese!”, exclama Marta con gran orgullo.

La madre lleva 22 años en prisión por el delito de asesinato; espera salir en junio próximo. “Cuando salga, en primer lugar, quiero darle gracias a Dios; luego reintegrarme a la sociedad y a mi familia. Por último, poner una cafetería, que es lo que tenía antes”, refiere.

Cerca de México

Desde Tecún Umán, San Marcos, viajan por cinco horas Fabiola (18), Jackeline (15) y María Mercedes (11) para ver a su madre, Mercedes Gaitán (58), una vez al mes, aproximadamente. Ella está en el COF por el delito de tráfico de drogas. Fue capturada en México.

Cuando encarcelaron a Mercedes, sus hijas tuvieron que dejar de estudiar, porque no había quien les brindara el apoyo económico. “Cuando uno cae en esto, pierde todo, incluso a la familia”, comenta. “Ellas (sus hijas) son todo para mí, son mi única familia”, agrega.

En la actualidad, Fabiola y Jackeline salen a trabajar para tener el sustento diario; se dedican a vender en las cercanías de la frontera mexicana o a cuidar niños. Solo la más pequeña estudia, en segundo grado de primaria, quien además es muy diligente: en casa se dedica a barrer o a lavar los platos.

Las tres jóvenes han tenido que vivir en diversos hogares, junto a conocidos de Mercedes. No han logrado estabilidad. “Por mucho que la gente diga que las tratan bien, no es así. Y es que yo pienso que nadie puede sentir lo que uno de madre; ellas tienen mi sangre”, dice.

Las tres tímidas adolescentes están dispuestas a luchar y a seguir adelante. Cuando salga su madre —el próximo diciembre—, quieren empezar una nueva vida: buscar un hogar y empezar un negocio propio, quizás de comida. “Con mi mamá tenemos una buena comunicación; ella nos provee del cariño que necesitamos”, expresa Fabiola. “Es justo un nuevo comienz o”, puntualiza.


Aura Leticia juega con su hija Yadira, en el COF.

Buena conducta

Ana del Carmen Cruz tiene tan solo 21 años de edad. A los 18 fue capturada bajo el cargo de tráfico internacional de drogas. La sonriente joven, mientras conversa, abraza todo el tiempo a su pequeña hija, Dayana, de 6 años de edad. Es una relación madre- hija muy especial por el trato jovial y por el parecido físico, tanto que parecen hermanas.

La reclusa dice extrañar mucho a su hija porque no vive con ella, aunque sus méritos por buena conducta le han permitido salir del reclusorio para verla. Otro factor que le ha ayudado es que está próxima a cumplir con su condena.

Dayana dice que no le hace falta su padre, solo su madre. Actualmente cursa párvulos. En tanto, su mamá está por graduarse de bachiller en Ciencias y Letras, estudios que recibe dentro del COF.

La proyección de Ana del Carmen y de Dayana es volver a juntarse y formar una familia sólida.

Mucha distancia

Teresa Girón (43) está desde el 2005 en el COF. Cumple una condena de 25 años por parricidio (asegura que nunca se presentaron suficientes pruebas y que es inocente). Tiene cuatro hijos, tres hombres y una mujer.

Jackeline, su hija, es la que está a cargo de Jonathan, el más pequeño, quien vivió en la prisión junto a su madre hasta que cumplió los 4 años de edad. La joven de 22 años debe luchar día a día para ganarse el dinero que mantiene a Jonathan y a su propio hijo. “Trabajo en una panificadora desde hace ocho meses. Por razones laborales, no he podido ver a mi mamá”, cuenta. “Sé que mi madre sufre mucho, pero debo trabajar; si no soy yo, nadie nos va a dar de comer ”.

Según Teresa, pasar el tiempo en el COF es lo más duro que le ha tocado experimentar en su vida. “Siento desesperación; escuchar a mis hijos por teléfono no es lo mismo que verlos. Eso me deprime. Yo sé que están bien, pero siento que no voy a aguantar”, dice con la voz entrecortada por los sollozos.

Jonathan quiere tener un automóvil “para pasear mucho y muy lejos, con su mamá”. Asimismo, su pequeño nieto desea “ser abogado para defender a las personas como yo”, señala Teresa.

Durante la conversación, Teresa mostró su angustia al relatar cuando se tuvo que despedir del niño, pero está consciente de que es mejor que esté afuera, con su familia, porque ahí dentro “se miran cosas muy feas”.

Esbin vive con su tío y abuelos

La tarde del 28 de marzo de 1996, Aura Leticia Hernández (entonces de 18 años) tuvo un complicado problema pasional, el cual terminó con la muerte de una mujer, en la zona 5. Ella fue arrestada cuando su hijo Esbin tan solo tenía un año de edad. “Fue en defensa propia”, argumenta Rodolfo, hermano de Aura Leticia.

Dentro de las instalaciones del COF, la reclusa dio a luz a Yadira Sarahí, quien vive dentro del reclusorio, a pesar de que considera el lugar como no apto para niños. “En la cárcel se ven muchas cosas y, además, no tienen libertad. Es mejor que estén fuera, aunque una se queda preocupada por los hijos”, conf iesa.

Esbin nunca vivió con su mamá dentro de la prisión; solo estuvo con ella durante una semana por un permiso especial, el año pasado. “Nunca imaginé estar detenida y, menos, estar separada de mi hijo. El primer año aquí dentro pasaba llorando día y noche, deprimida por no estar junto a él”, comenta. Aura Leticia dice que la relación con él (ahora de 13 años) es difícil, pues hay días de visita en las que llega contento, pero hay otras en las que está enojado o molesto. No obstante, el adolescente niega su eventual mal humor.

“Mami, ¿cuándo va salir?, lleva tanto tiempo aquí”, le pregunta Esbin, quien vive con su tío y abuelos. Aura Leticia estaría por terminar su condena a finales del 2011.

  • En el Centro de Orientación Femenina (COF) viven 134 reclusas. Nueve de ellas viven junto a sus hijos, que suman 10. Además, hay una embarazada.
  • En el preventivo Santa Teresa hay 207 mujeres detenidas. Ahí están junto a sus madres 10 niños. Además, hay ocho embarazadas.

 


   

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