Condenados sin culpa
Muchos
niños y
jóvenes
esperan
en casa
a su madre,
quien
cumple
sentencia
en prisión.

Leslie Figueroa
abraza a su hijo
Pablo Ángel.
por ROBERTO VILLALOBOS
FOTOS: AARÓN GANZ Y CARLOS SEBASTIAN
El amor de una madre es
infinito, sin lugar a dudas.
Sin ese profundo lazo afectivo,
el ser humano se paraliza,
siente una agonía
desgarradora. Durante los primeros
años de vida, compartir con ellas se
hace indispensable para el adecuado
desarrollo del niño, pues el solo
hecho de recibir el alimento de sus
senos crea un enorme apego, además
de que ellas nos hacen sentir protegidos
y acompañados en este mundo.
La pérdida de una madre desalienta
el paso, y se convierte en un
trauma complejo cuando ella ingresa
a una prisión.
Estas son las historias de algunas
familias que viven una terrible situación:
la progenitora que cometió
un delito, y que cumple una condena
en la cárcel; de los hijos que deben
resistir la soledad, por el encierro de
quien los trajo al mundo, y del inevitable
sufrimiento por la separación.
Diferentes experiencias
“La sociedad funciona con base
en paradigmas; por eso, la mamá que
hace algo malo es considerada como
lo contrario al concepto que se tiene
de ella”, dice la psicóloga Karla Mo-
FONDO Condenad o
sin culp
llinedo, del Instituto de Ciencias de
la Familia. En el sistema penitenciario
de Guatemala hay cientos de
mujeres que purgan penas por los
delitos de estafa, extorsión, asesinato,
tráfico de drogas o secuestro,
entre otros, muchas de ellas tienen
hijos; es todo lo opuesto a la imagen
de ternura y delicadeza de una madre.
No obstante, la experta indica
que a estas reclusas no se les debe
considerar como dañinas para sus
hijos. De hecho, cuando se ingresa a
las prisiones para mujeres, ubicadas
en los alrededores del centro de la
ciudad —Santa Teresa en la zona 18 y
el Centro de Orientación Femenina
(COF) en Fraijanes—, las internas
muestran una faceta totalmente diferente
a lo que cualquiera pudiera
pensar: la mayoría es amistosa y
cariñosa; además, cada una revela su
completa entrega hacia sus hijos.
Claro, siempre existen las excepciones.
Aura Leticia Hernández, una
de las reas, expresa: “Aquí (en el
COF) somos nueve internas que tenemos
hijos, y ninguna los trata mal;
más bien, los cuidamos mucho”.
En ese lugar, los hijos de las
presas cuentan con un área apartada
—el maternal—, a donde asisten de
lunes a viernes de 8 a 16.30 horas.
Ahí tienen la asistencia de dos “madres
cuidadoras”, cuya función es
velar por el bienestar de los niños, y enseñarles cosas básicas: colores,
vocales o números. María Hernández,
una de ellas, trabaja ahí desde
hace dos años. “Aquí nosotras les
preparamos la comida —que la brinda
la Secretaría de Obras Sociales de
la Esposa del Presidente (Sosep)— y
nos encargamos de organizarles diversas
actividades, para que estén
e n t re te n i d o s ”, comenta.
Las actuales leyes penitenciarias
solo permiten que los niños permanezcan
dentro de las cárceles
hasta los cuatro años de edad; una
buena medida, si se toma en cuenta
que de pasar más tiempo ahí, podría
ser nocivo para ellos. Luego de esa
edad, el niño debe vivir con su
familia; si en caso no la tuviera, el
Estado se debe hacer cargo de él.
Ese es el caso de Elsa Yolanda
López, de 47 años. Ella cuenta que no
tiene familiares, por lo que su hijo,
Wilson Darío (10), vive en un orfanato.
“Me quitaron a mi hijo el año
pasado; antes me lo traían una vez al
mes, pero ya hace ocho meses que
no lo traen. No sé nada de él ni a
dónde recurrir. Soy diabética y solo
enferma me mantengo. Está al resguardo
de un casa-cuna del Estado, y
tengo miedo de que lo den en adopción
sin mi consentimiento”, dice al
tiempo que llora por la desesperación.
Beatriz Lemus, directora del
COF, expresa que el menor se encuentra
en una casa-cuna en la carretera
a la Antigua Guatemala. Jorge
Mario Castillo, defensor del Debido
Proceso y del Recluso, de la
Procuraduría de los Derechos Humanos
(PDH), opina que esos lugares
son de acceso difícil porque
ahí se manejan cuestiones “o s c u ra s ”.
“Hasta nosotros (la PDH) tenemos
problemas para ingresar y ver cómo
se vive en las guarderías del Estado;
todo se maneja en secreto; no dan
información ni por teléfono”, cuenta.
“Efectivamente, sí hay peligro en
que un niño se dé en adopción
i l e ga l ”, agrega Castillo.
Ese es un caso especial, pues la
vida en ese centro penitenciario
transcurre con total tranquilidad,
excepto por las madres que no viven
ahí con sus hijos y que, por lo tanto,
se sumergen en la angustia. Lo cierto
es que muchas reclusas consultadas
coinciden en que ese centro no es
apto para los menores. “Los niños
que están aquí crecen y desarrollan
lo que ven o escuchan de los grandes,
a ellos todo se les queda;hay que
tomar en cuenta que quienes estamos
aquí no es porque seamos
monjas”, dice la reclusa Sonia Ruiz,
de 34 años y con una hija de 2 años y
medio.
El ambiente puede volverse
dañino, pues ha habido casos en que
los niños llegan corriendo con sus
mamás para avisarles que han visto a
dos señoras besándose. Algunas autoridades del COF niegan los casos
de lesbianismo, pero son varias las
reclusas que confirman los hechos.
Incluso, la PDH asegura no tener
reportes actuales de este tipo de
actos. “Mamita, fijate que vi que se
estaban besando; pero las dos tienen
chiches, y eso no se hace, ¿verdad?”,
se sorprendió una vez una de las
reclusas al escuchar a su hijo.
El sistema penitenciario para mujeres
cuenta con una psicóloga interina,
encargada de velar por la
salud mental de las madres y de los
niños. “Ser privado de la libertad
trae diversas consecuencias psicológicas,
pero aquí nos encargamos
de cuidar por su bienestar”, expone
la psicóloga Karla Meza, graduada
en la Universidad de San Carlos de
Guatemala.
“En la actualidad se implementa
el programa de estimulación temprana,
que fortalece las áreas personal,
social, hábitos de higiene y
motricidad fina y gruesa”, expone
Meza. Otro de los beneficios es que
los menores tienen atención médica
constante, así como las presidiarias
embarazadas. A las reclusas también
se les dan pláticas de salud reproductiva;
no obstante, algunas dan a
luz en ese centro, pues no se cuidan
cuando reciben visitas conyugales.
De hecho, en la actualidad hay una
señora hondureña con varios meses
de embarazo. Además, hay una bebé
de cuatro meses de edad que vive en
el COF, hija de Consuelo Román,
quien espera recobrar su libertad en
los próximos días. Asimismo, en el
Centro Preventivo Santa Teresa está
Angélica Pacheco, quien vive en un
área aparte —junto a otras madres—
con su hija Esperanza, de dos meses.
A pesar de la privación de la
libertad, el COF no tiene un concepto
carcelario; más bien, es hogareño.
Ahí los niños se sienten
relativamente libres, además de poder
disfrutar de la compañía de sus
madres. “La edad actual que dicta la
ley es adecuada; ese vínculo maternal
siempre es necesario”, asegura
Castillo.
La separación
Algunos meses antes de que los
niños cumplan los 4 años de edad, se
empiezan los trámites para buscar a
familiares que quieran quedarse a
cargo de ellos. La ayuda psicológica
es intensa. “A los niños se les prepara,
mediante el juego, para que se
separen de sus madres”, refiere Meza.
Este es uno de los pasos más
duros, pues la progenitora, por lo
general, se deprime y angustia. “Ambos
(madre e hijo) deben superar el
duelo; la mamá debe ser fuerte y
debe motivar a su hijo”, sugiere Mollinedo.
Luego de la dolorosa separación,
la ayuda psicológica debe fortalecerse
en ambos casos, pero en especial
para la mamá, que se queda en
la prisión. “El hijo tiene la ventaja de
quedarse con un familiar, no así la
m ad re”, expresa la especialista.
En caso de que la ayuda profesional
no se pueda dar —por falta
de recursos económicos, por ejempl
o —, la ayuda de una iglesia se
vuelve vital, pues dan un excelente
soporte moral.
Asimismo, la comprensión y ayuda
de los maestros en la institución
educativa deben ser fuertes, pues los niños podrían ser víctimas de bullying
(acoso de los demás compañeros).
Algunos podrían apartar
del grupo de amigos al hijo de una
reclusa por esa causa, y de esa forma,
hacerlo sentirse solo, e incluso insultado.
Si alguna vez preguntan sus
compañeros de clase sobre la situación
de su madre, el niño debería
limitarse a contestar que eso es algo
que no se quiere discutir con ellos.
Claro, es una respuesta muy madura
para el caso de un niño, pero también hay que saber que los golpes de
la vida los hace madurar.
Mientras se mantengan separados,
se debe mantener la comunicación,
ya sea por medio de cartas,
llamadas telefónicas o con las visitas
constantes; eso fortalecerá el lazo
afectivo que los une. “Siempre hay
que mantener el anhelo de encontrarse,
de no olvidarse el uno del
o t ro”, apunta Mollinedo.
Asimismo, es falso que el hijo de
una reclusa llegue a dar malos pasos.
“El que los niños vengan de hogares
desintegrados o que hayan vivido
situaciones de violencia, no quiere
decir que vayan a ser delincuentes.
Hay muchos que hacen grandes cosas
en su vida”, refiere la espec
i a l i s ta .
Reencuentro
Según Mollinedo, con el pasar del
tiempo el niño experimentará una
serie de emociones contradictorias,
como si la mamá lo hubiese abandonado. Quizás se pregunte: “Mamá,
¿por qué me dejaste solo?”, o bien,
llegue a pensar en que “si no hubieras
hecho tal cosa, no me hubiera quedado
sin ti ni hubiera pasado por estas
ve rg ü e n za s ”. Esto es natural, y no se
trata de ningún reproche. Lo importante
es que la madre hable claro, con
la verdad. No conviene esconder las
cosas ni cambiar el discurso. “El perdón
es muy importante en estas situaciones;
los hijos deben comprender
que todos cometen errores”, asevera
Mollinedo. “La mamá, al estar
encerrada, cumple por sus ilícitos,
pero su martirio no debe seguir más al
estar fuera de la prisión”, comenta.
Además, hay que comprender que
la situación familiar nunca será la
misma de antes; es una nueva vida. Se
debe caminar siempre adelante, y no
quedarse con el pasado. El niño debe
quedarse con sus actividades normales,
como asistir al colegio, salir
con sus amigos y practicar algún deporte,
por ejemplo. Con eso, la mamá
estará tranquila y orgullosa de su
niño.
Por último, la sociedad también
debe aceptar la reinserción de las
reas. “Los centros de prisión son de
rehabilitación; hay que ser benevolentes
con ellas”, puntualiza Mollinedo.

Niño se apoya en pasamanos de unas gradas en el preventivo Santa
Teresa, en la zona 18, lugar donde vive junto a su madre.
Un caso admirable
Marta, quien prefirió no publicar su verdadero nombre, es una de
las reclusas más trabajadoras y respetuosas del COF, según
Flory del Cid, subdirectora de esa institución.
Su historia es particular. Hace más de una década, una de las internas
quedó embarazada; ella quería abortar. Sin embargo, Marta la convenció
de que no lo hiciera, por lo que unos meses más tarde nació Armando
(nombre ficticio). El amor de Marta por el niño llegó a tanto que lo
adoptó, con el consentimiento de su madre biológica (quien salió de
prisión y formó otra familia). Armando vivió por 10 años en el COF,
cuando aún era permitido que estuvieran niños de más edad —la ley se
modificó en el 2006—. “La separación fue muy difícil, pero ambos
recibimos ayuda psicológica”, cuenta Marta.
Antes de irse, Armando hacía dibujos en los que plasmaba sus deseos.
“Vamos a hacer una familia con mi madre; vamos a hacer una casona,
con muchas flores”, era lo que el pequeño le decía a su mamá.
Asimismo, Marta procura darle a su hijo la educación necesaria. “Yo
le he explicado la razón por la que estoy aquí, pero el hecho de que
estemos en prisión no quiere decir que él salga con malas costumbres”,
dice. “Yo le digo que tiene que tener buenos principios”.
Marta, además, tiene otros tres hijos; los más grandes trabajan en EE.
UU. y su hija es quien está a cargo de Armando. Ahora viven en Agua
Tibia, Jalapa. “Extraño a mi mamá; que me hable o que me diga buenas
noches”, expresa el chico por la vía telefónica.
En la actualidad, Armando cursa el quinto año de primaria; dice
gustarle mucha el fútbol, la natación y la matemática. “Quiere ser
ingeniero, ¡imagínese!”, exclama Marta con gran orgullo.
La madre lleva 22 años en prisión por el delito de asesinato; espera
salir en junio próximo. “Cuando salga, en primer lugar, quiero darle
gracias a Dios; luego reintegrarme a la sociedad y a mi familia. Por
último, poner una cafetería, que es lo que tenía antes”, refiere.
Cerca de México
Desde Tecún Umán, San
Marcos, viajan por cinco
horas Fabiola (18), Jackeline
(15) y María Mercedes (11) para ver
a su madre, Mercedes Gaitán (58),
una vez al mes, aproximadamente.
Ella está en el COF por el delito de
tráfico de drogas. Fue capturada en
México.
Cuando encarcelaron a Mercedes,
sus hijas tuvieron que dejar de
estudiar, porque no había quien les
brindara el apoyo económico.
“Cuando uno cae en esto, pierde
todo, incluso a la familia”, comenta.
“Ellas (sus hijas) son todo para
mí, son mi única familia”, agrega.
En la actualidad, Fabiola y Jackeline
salen a trabajar para tener el
sustento diario; se dedican a vender
en las cercanías de la frontera
mexicana o a cuidar niños. Solo la
más pequeña estudia, en segundo
grado de primaria, quien además
es muy diligente: en casa se dedica
a barrer o a lavar los platos.
Las tres jóvenes han tenido que
vivir en diversos hogares, junto a
conocidos de Mercedes. No han logrado
estabilidad. “Por mucho que
la gente diga que las tratan bien, no
es así. Y es que yo pienso que nadie
puede sentir lo que uno de madre;
ellas tienen mi sangre”, dice.
Las tres tímidas adolescentes
están dispuestas a luchar y a seguir
adelante. Cuando salga su madre
—el próximo diciembre—, quieren
empezar una nueva vida: buscar un
hogar y empezar un negocio propio,
quizás de comida. “Con mi
mamá tenemos una buena comunicación;
ella nos provee del cariño
que necesitamos”, expresa Fabiola.
“Es justo un nuevo comienz
o”, puntualiza.

Aura
Leticia
juega con su
hija Yadira,
en el COF.
Buena conducta
Ana del Carmen Cruz tiene
tan solo 21 años de
edad. A los 18 fue capturada
bajo el cargo de tráfico
internacional de drogas. La sonriente
joven, mientras conversa,
abraza todo el tiempo a su pequeña
hija, Dayana, de 6 años de
edad. Es una relación madre-
hija muy especial por el trato
jovial y por el parecido físico,
tanto que parecen hermanas.
La reclusa dice extrañar mucho
a su hija porque no vive con
ella, aunque sus méritos por
buena conducta le han permitido
salir del reclusorio para
verla. Otro factor que le ha ayudado
es que está próxima a
cumplir con su condena.
Dayana dice que no le hace
falta su padre, solo su madre.
Actualmente cursa párvulos. En
tanto, su mamá está por graduarse
de bachiller en Ciencias
y Letras, estudios que recibe
dentro del COF.
La proyección de Ana del
Carmen y de Dayana es volver a
juntarse y formar una familia
sólida.
Mucha distancia
Teresa Girón (43) está desde el 2005 en el COF. Cumple una
condena de 25 años por parricidio (asegura que nunca se
presentaron suficientes pruebas y que es inocente). Tiene
cuatro hijos, tres hombres y una mujer.
Jackeline, su hija, es la que está a cargo de Jonathan, el más
pequeño, quien vivió en la prisión junto a su madre hasta que
cumplió los 4 años de edad. La joven de 22 años debe luchar día a día
para ganarse el dinero que mantiene
a Jonathan y a su propio hijo.
“Trabajo en una panificadora desde
hace ocho meses. Por razones laborales,
no he podido ver a mi mamá”,
cuenta. “Sé que mi madre sufre
mucho, pero debo trabajar; si no
soy yo, nadie nos va a dar de comer
”.
Según Teresa, pasar el tiempo en
el COF es lo más duro que le ha
tocado experimentar en su vida.
“Siento desesperación; escuchar a
mis hijos por teléfono no es lo mismo
que verlos. Eso me deprime. Yo
sé que están bien, pero siento que
no voy a aguantar”, dice con la voz
entrecortada por los sollozos.
Jonathan quiere tener un automóvil
“para pasear mucho y muy
lejos, con su mamá”. Asimismo, su pequeño nieto desea “ser abogado
para defender a las personas como yo”, señala Teresa.
Durante la conversación, Teresa mostró su angustia al relatar
cuando se tuvo que despedir del niño, pero está consciente de que es
mejor que esté afuera, con su familia, porque ahí dentro “se miran
cosas muy feas”.
Esbin vive con su tío y abuelos
La tarde del 28 de marzo de 1996, Aura Leticia Hernández
(entonces de 18 años) tuvo un complicado problema pasional,
el cual terminó con la muerte de una mujer, en la
zona 5. Ella fue arrestada cuando su hijo Esbin tan solo tenía un
año de edad. “Fue en defensa propia”, argumenta Rodolfo, hermano
de Aura Leticia.
Dentro de las instalaciones del COF, la reclusa dio a luz a
Yadira Sarahí, quien vive dentro del reclusorio, a pesar de que
considera el lugar como no apto
para niños. “En la cárcel se
ven muchas cosas y, además, no
tienen libertad. Es mejor que
estén fuera, aunque una se queda
preocupada por los hijos”,
conf iesa.
Esbin nunca vivió con su
mamá dentro de la prisión; solo
estuvo con ella durante una semana
por un permiso especial,
el año pasado. “Nunca imaginé
estar detenida y, menos, estar
separada de mi hijo. El primer
año aquí dentro pasaba llorando
día y noche, deprimida por
no estar junto a él”, comenta.
Aura Leticia dice que la relación
con él (ahora de 13 años)
es difícil, pues hay días de visita en las que llega contento, pero
hay otras en las que está enojado o molesto. No obstante, el
adolescente niega su eventual mal humor.
“Mami, ¿cuándo va salir?, lleva tanto tiempo aquí”, le pregunta
Esbin, quien vive con su tío y abuelos. Aura Leticia estaría por
terminar su condena a finales del 2011.
- En el Centro de Orientación Femenina (COF) viven 134 reclusas. Nueve de ellas viven junto a sus hijos, que suman 10. Además, hay una embarazada.
- En el preventivo Santa Teresa hay 207 mujeres detenidas. Ahí están junto a sus madres 10 niños. Además, hay ocho embarazadas.
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