El último suspiro del ego
Los epitafios suelen ser solemnes,
pero también los hay divertidos y famosos.
Miriam Campos graba epitafios en mármol, en el Cementerio General.
Por Juan Carlos Lemus
Fotos: Saúl Martínez
El poeta John Keats murió en Roma, el 23 de febrero de 1821. Según la página john-keats.com, en su lápida están escritas estas palabras: “Aquí descansa uno cuyo nombre fue escrito sobre el agua”.
Los epitafios —palabra que procede del latín epitaphius, que significa sepulcral y también lo que está escrito encima— son algo así como el último discurso de los muertos a los vivos, aunque también pueden ser escritos por los familiares o amigos del fallecido para dar a conocer sus virtudes.
Aun cuando la distancia entre vivos y muertos es tan solo la del grosor de un hilo, quien se detiene a leer lo escrito en una lápida suele pensar que la muerte se encuentra muy lejos, pero eso es algo que, quizá ingratamente, recuerda al paseante este otro epitafio:
“Piensa, mortal,
quienquiera que tú fueres,
que fui lo que tú eres.
No hay edad prefijada;
tal vez seas hoy
lo que yo soy.
No te importe mi nombre,
tan siquiera
yace aquí
quien te espera”.
La citada inscripción está documentada en la web, se dice que es anónima y se halla en una tumba del cementerio de Castellón, España, pero recordemos que la web tiene tantas mentiras como muertos tienen los cementerios. No es confiable, por ejemplo, la información que circula acerca de que uno de los epitafios más famosos sea el del comediante estadounidense Groucho Marx, quien dejó escrito para su tumba: “Perdone, señora, que no me levante”. Fotografías de la tumba que guarda sus cenizas en el cementerio Eden Memorial Park, en Los Ángeles, California, evidencian que apenas tiene grabado su nombre, fecha de nacimiento y muerte, y una estrella de David.
Es posible que tal atribución se deba a que el actor mencionó en una entrevista que esa era su voluntad. También en una entrevista, el escritor español Antonio Gala —que aún vive— cuando se le preguntó qué querría dejar escrito para su epitafio, dijo: “Murió vivo”.
“Si queréis los mejores elogios, moríos”, escribió alguna vez Enrique Jardiel Poncela. Se dice que lo escribió para su tumba, pero el sitio web más completo sobre el escritor, www.jardielponcela.com, del argentino Carlos G. Farina, no lo incluye como epitafio.
Puede que estos escritos sean el último suspiro del ego; en algunos casos es una composición de un género literario, aunque menor, bastante ingenioso. No se tiene documentado a quién corresponde el primero escrito en la historia de la humanidad. Se sabe que lo utilizaron los egipcios; posteriormente, los griegos, y después, los romanos.
El filólogo e historiador español Fidel Fita Colomé (1835-1918) documenta en el texto El cementerio hebreo de Sevilla. Epitafio de un rabino célebre, del año 1345, publicado en un boletín de la Real Academia de Historia —Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes—, el epitafio de un hombre llamado Salomón, autor de tratados de astronomía y medicina. Un fragmento, grabado en piedra, dice:
“La muerte, artero cazador, acechóme; cogido entre sus redes, vaciló mi pié. Testigo este túmulo y testigo esta estela escrita para señal visible y para recuerdo”.
En el Cementerio General
Algunos epitafios son bastante solemnes. La mayoría de los encontrados en el Cementerio General de Guatemala se amparan en una cita bíblica. Pero hay excepciones.
“Soy libre, no lloren por mí que ya estoy libre. Sigo el camino que Dios eligió para mí. Tomé su mano cuando lo escuché hablar, caminé con él y dejé todo atrás. Carlos Antonio Ico”.
“Aquí yace un hombre honrado, digno y valiente. Vilmente asesinado. E. P. D. Jorge Raúl Choxom Choxom”.
Un policía: “Efraín Martínez Linares vivió con honor sirviendo a su patria y murió con gloria en cumplimiento de su deber”.
“Yo no estoy aquí, estoy en el Cielo. Dayanara Azurdia Salic”.
“Rigoberto Bran Azminita. Poeta, escritor, periodista y fundador de la Hemeroteca. 9 de enero 1925 - 1 de abril 2002. Tu familia siempre”.
Miriam Campos es una de las grabadoras de epitafios en mármol que trabajan en el Cementerio General. Aprendió el oficio desde que tenía 11 años de edad, aunque desde los 7 ya ofrecía sus servicios de colocar flores a las tumbas, echar agua a las macetas y repintar mausoleos. “Subí de rango”, dice, en broma, pues ahora graba mensajes en mármol blanco o en verde. Los precios oscilan entre Q150 y Q400. La mayoría de sus clientes compran una lápida en el mismo instante del entierro. Por eso, ella tiene disponibles varias con mensajes, listas para añadirles solo el nombre del difunto.
Antes la encargaban y volvían por ella dos o tres días después. Es más, refiere Campos, “algunos dejaban dinero en anticipo, y después ya no regresaban”. Es el caso de un epitafio que tiene grabadas las palabras “No lloren mi ausencia, voy a unirme con Dios. Los amaré en el cielo, así como los amé en la tierra”, y quien lo encargó ya no volvió por él.
Campos cuenta que las frases más requeridas son proverbios, el Salmo 23, o el versículo de Juan 11:25 que dice: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”.
Citas de famosos
El más lúcido enfoque sobre los epitafios encontrado en la red —en habla española— es el escrito por la poeta, narradora y ensayista colombiana Amparo Osorio. Su ensayo titulado Que la tierra te sea leve (amparoiosorio.blogspot.com) es un recorrido ameno y bien documentado del cual citamos algunos fragmentos:
“Sobre la tumba de Leonidas, caído en la batalla de las Termópilas, reza la siguiente leyenda: Pasajero, ve y di a Esparta que sus hijos han muerto por obedecer sus leyes”.
La escritora cita, de la Enciclopedia Británica, estas líneas sobre el epitafio del rey Carlos II: “Él nunca dijo una cosa tonta, pero tampoco dijo una cosa sabia”.
“Como culto al amor podríamos citar el que reposa sobre la tumba de Antínoo, amante favorito del emperador romano Adriano, en cuya lápida los embalsamadores egipcios esculpieron: Obedeció a la orden del cielo”.
“Sobre la lápida de Copérnico encontramos una de las más poéticas y escalofriantes inscripciones: Sta, Sol, ne moveare (Detente, Sol, no te muevas), y sobre la de Alejandro Magno impresa por sus contemporáneos: Esta tumba debe bastar a aquel a quien no podía bastar el mundo”.
“En la piedra esculpida bajo la que reposan los restos de Rainer Maria Rilke se lee: Sublevación o pura contradicción/ amaría ser el sueño de nadie/ bajo tantos párpados cerrados”.
“El pintor y fotógrafo surrealista Man Ray fue definido con la siguiente inscripción sobre el mármol: Despreocupado pero no indiferente”.
El Premio Nobel de Literatura 1923, William Butler Yeats, dice la escritora: “versificó su propio epitafio al escribir: Mira fríamente en vida a la muerte, mientras pasa su jinete...”.
“Juan Rulfo, el incomparable narrador mexicano que escribió una de las más totalizantes novelas sobre la muerte, titulada Pedro Páramo, definida por algunos críticos como un epitafio de 120 páginas, donde los muertos más antiguos hablan con voz más queda y más lejana que los recientes, termina con la asombrosa frase: Y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”.
“Malcolm Lowry, el novelista inglés, eterno ebrio (...) dejó escrito”: “Difunto del Bowery/ su prosa era florida/ a veces brillante/ vivió de noche y bebió de día/ y murió tocando el ukelele”.
“Extrañamente tomado de la Völsunga Saga (Cantos de la Edda Mayor) que relata los rasgos de las culturas germánicas medievales, María Kodama decidió para la tumba del oracular Borges que reposa en el Cimetière des Rois, en Ginebra, la casta frase: Empuña su espada y la pone entre sus desnudeces”.
A lo recopilado por Amparo Osorio solo habría que añadir que su propio epitafio podría ser parte de uno de sus poemas, el titulado Dispersión de ceniza —de su libro Poemas de Antología Esencial, 2001—, que en una parte, dice:
“Muda y vacía/ en ti yace la tierra”.
Este es tan solo un ejemplo de los miles de epitafios que tiene el Cementerio General.
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