La locura circular
La bipolaridad es una afección que permite vivir con muchísima intensidad y energía... y por lo general, también con un profundo y abatido decaimiento.

por maría josé prado
FOTOARTE: CARLOS FEDORENKO
Santiago está radiante. Luego de tres semanas durmiendo cuatro horas, y de intensa actividad en la oficina, el proyecto resultó de maravilla y recibió vivas felicitaciones del gerente. Su mente bulle con ideas para llevar el proyecto más allá y demostrar todo su potencial. Tras la exitosa presentación, comentó hasta por los codos acerca de política monetaria, cine latinoamericano y filosofía kantiana con cualquiera dispuesto a llevar la conversación. Celebró el buen día con un café y cuatro donas y, por la noche, ¡con unas copas con los amigos! El agotamiento se le ve en el rostro, pero él percibe un futuro brillante.
Cuatro horas después, está tumbado a oscuras sobre la cama, todavía despierto. La improvisada celebración se canceló por un problema con los supervisores que ocupó a todos. Decepcionado, Santiago refunfuñó sobre lo inútil que era abrumarse tanto por un asunto menor. Consideró que su jefe no tenía mucho criterio, el gerente no sabía lo que hacía y sus compañeros eran demasiado mediocres para notarlo... O, a lo mejor, era él quien tenía el ego demasiado inflado, imaginando que su trabajo tenía una extraordinaria trascendencia. Después de todo, aún si lo ascendían, ¿pasaría el resto de sus días lidiando con aquellos asuntos tan triviales...?
De trastornos y psicosis
La bipolaridad es una enfermedad compleja en la que la persona se vuelve hipersensible y, por ende, su carácter es sumamente volátil. Quien la padece tiende a perder el control emocional con facilidad y es capaz de pasar de un período de manía o exaltación a uno de depresión en cuestión de pocas horas, mostrando una bajísima tolerancia a situaciones de frustración o estrés.
Para que una persona verdaderamente pueda decir que padece de este trastorno, debe experimentar, ya sea de manera permanente o episódica, una transición entre los síntomas de la manía y los de la depresión. Con base en lo recurrente que sea este ciclo, la bipolaridad se puede clasificar como tipo 1 —la más peligrosa, por el hecho de que puede llevar al suicidio y que, por lo mismo, requiere de medicación—, o tipo 2 —que puede ser provocada temporalmente por alguna causa mayor—.
Este trastorno fue identificado como tal hasta en años recientes, pero ya desde tiempos antiguos se hablaba de él. El médico turco Arateus (siglo II) notó que los síntomas de la manía y la depresión generalmente iban unidos, y nombró a esta enfermedad la bilis negra.
Por 1850, dos investigadores franceses, Jules Baillarger y Jean-Pierre Falret, describieron una condición que llamaron la locura de doble forma o locura circular, trazando así una aproximación mucho más detallada del concepto actual. Falret identificó una recurrencia de esta enfermedad dentro de ciertos círculos familiares y, efectivamente, algunos años después se probó que esta tenía causas genéticas.
Fue hasta principios del siglo XX que el psiquiatra alemán Emil Kraepelin describió la psicosis maníaco-depresiva, término que perduró buena parte del siglo pasado. No obstante, esa denominación de “psicosis” hacía que se considerara que los pacientes necesitaban ser internados en algún hospital psiquiátrico, en lugar de simplemente ser apoyados por algún tratamiento.
No fue sino hasta 1980 que la tercera revisión del Manual diagnóstico y estadístico para los trastornos mentales, (DSM-III, en inglés), publicado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, cambió el nombre de esta enfermedad por el de trastorno bipolar o desorden bipolar.
¿Mal del siglo XXI?
Esto quizá no sea nada nuevo para el lector. Después de todo, es probable que hacia el siglo XXI el término “bipolar” esté ya muy incorporado en el lenguaje coloquial de muchas personas. Así como fácilmente todos podríamos afirmar que conocemos a alguien que probablemente sea bipolar o que, al menos, en algún momento nos haya dado razones para considerarlo seriamente, así también quizá todos en algún momento nos hemos planteado la posibilidad de padecer esta afección.
¿Es acaso la bipolaridad una epidemia actual? Hasta cierto punto, parece haberse puesto de moda, pues el término es recurrente en el lenguaje coloquial. Sin embargo, Verónica Paz, presidenta del Colegio de Psicólogos de Guatemala, comenta que a este respecto es importante llamar a las personas a la reflexión.
“Como es un término que está muy vigente, mucha gente lo maneja en forma bastante errónea. Por ejemplo, muchas veces los jóvenes acusan a sus padres de bipolares por el hecho de que “de repente” les están llamando la atención, cuando hay que ver que hay situaciones normales con causas justificadas para súbitos cambios de carácter. La bipolaridad genuina, por otro lado, es una manía permanente”.
Paz explica que las causas de este padecimiento son multifactoriales. El hecho de que se haya determinado que es algo genético, no significa que hay otras razones que lo provoquen. “El factor genético hace a una persona vulnerable, pero lo que dispara finalmente el trastorno es más un factor ambiental, sobre todo el estrés. Y en este sentido, podemos decir que en Guatemala hay cada vez mayor incidencia de este problema, puesto que la violencia y el ambiente de inseguridad causa mucho estrés”.
En un estudio efectuado en todo el país, en el 2005, en el Hospital General San Juan de Dios, se constató que este era un problema más visible en mujeres —una tendencia que se mantiene a escala mundial— y en jóvenes. A este respecto, Paz comenta que la cuestión también tiene más recurrencia en la provincia, sobre todo en el oriente, que es donde hay mayores índices de suicidios y más machismo.
Lo que preocupa también a muchos médicos es el hecho de que esta afección empieza a manifestarse también en niños, tanto por presiones escolares como por carencias afectivas derivadas de padres demasiado ocupados o divorciados —ambas tendencias en aumento—.
“Algo que es importante destacar es que el ser humano es una persona integral”, enfatiza Paz. “Cuando se trata a una persona bipolar, se le recomienda ser más sociable y hacer más de lo que le gusta, orar por la mañana, alimentarse y dormir bien. Tratar a un paciente sólo con fármacos no haría sino volverlo fármacodependiente, y esto podría, incluso, empeorar la situación, llevándolo eventualmente a la esquizofrenia. Yo diría, así, que este es un caso muy particular en donde se podría invitar a los profesionales de la salud a trabajar interdisciplinariamente”.
- Para considerarse un paciente bipolar, hay que confirmar que se sufre de manía y depresión por factores ordinarios de forma más o menos recurrente.
- Síntomas de manía: se experimenta un sentimiento de grandeza y la noción de ser invencible. Se tiene mucha energía y, por lo mismo, poca capacidad de concentración por períodos largos. También hay irritabilidad y agresividad.
- Síntomas de depresión: el paciente posee la sensación constante de tristeza y apatía, cansancio e intranquilidad a la hora de dormir, falta de apetito, dificultad para concentrarse y olvido recurrente de las cosas.
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